Fotocrónicas (237)
Cualquier expresión artística tiene un grado de fascinación que resulta irracional y complicada de justificar. Ocurre con la música y con la literatura, con el cine y con la arquitectura, con el teatro y con la escultura… Y también, por supuesto, con la fotografía. Fascinación y controversia. Por ejemplo, ante la imagen de hoy, es muy probable que la opinión y la emoción que nos provoque resulte radicalmente opuesta.
¿Qué hace que esto sea así? No es fácil explicarlo. En cualquier caso, y bien pensado, mejor que sea de esta manera, sin duda. Para el que suscribe estas Fotocrónicas, tanto deterioro, tanta ruina como refleja esta vieja construcción lo que le hace sentir es una suerte de ternura, un grado de fascinación, que no puede evitar pararse delante de sus carnes ajadas y admirar sin tiempo los estragos de tiempo y del abandono.
Estamos en Matute, a caballo entre el río Najerilla y el río Tobía, en el piedemonte que cae plácidamente desde las bravías paredes de las peñas Tobía-Matute hacia las tierras bajas. En este hermoso pueblo aún se conservan buenos ejemplos de arquitectura popular, trabajados con materiales propios del lugar como el canto rodado, la madera, el adobe, el yeso y la teja. Todo ello compone un lienzo que muestra la pericia del creador y el encanto de las cosas sencillas.
Texto y fotografía: Jesús M Escarza Somovilla
