Fotocrónicas (228)
Quizás fuera San Prisciliano de Ávila la chispa que encendió un movimiento ascético y eremítico que invadió muchas zonas de España en los primeros siglos de la Edad Media. Allá por el siglo IV, Prisciliano fue decapitado tras acusación por la práctica de rituales mágicos. Lo cierto es que en aquellos tiempos oscuros y temerosos, la costumbre de apartarse a zonas montuosas para llevar una vida de retiro y de oración fue una costumbre ampliamente extendida.
Al Noroeste de Álava, limítrofe ya con la vecina provincia de Burgos, hay un territorio húmedo y montaraz, de bosques y barrancos, de pastos y arroyos que se conoce como Valdegovía. Por aquí corren regatos como el Tumecillo y el Omecillo, que buscan el regazo del padre Ebro. Roquedos tobáceos fueron en aquellos siglos cincelados tenazmente para abrir huecos en donde habitar, orar y enterrar a los muertos. Los eremitorios se hallan en varios pueblos de este valle: Bachicabo, Barrio, Villanueva, Quejo, Pinedo, Corro y Tobillas. De entre ellos, el mejor, sin duda, es el de Pinedo (que aparece en la imagen), una obra que habla bien de la habilidad de su autor y que embelesa por su encanto de reino mágico.
Texto y fotografía: Jesús M Escarza Somovilla
