Fotocrónicas (241)
El andariego se siente hechizado apenas llega a estas tierras de color del pimentón, anegadas de roquedos pulidos por el tiempo y labradas hasta la extenuación por los sucesivos pueblos que ocuparon estos duros páramos del sur de la provincia de Soria.
Al igual que Numancia, la antigua Termes fue un orzuelo en el ojo del Imperio Romano. Los Arévacos establecieron aquí uno de sus enclaves más inexpugnables hasta su caída en manos del ejército romano en el año 98 antes de Cristo. El cónsul Tito Didio obligó a la población nativa a abandonar el primitivo asentamiento e impidió amurallar la nueva ciudad.
Los Arévacos habían fundado la población ocupando la parte alta del cerro y tras la conquista romana se fue edificando en una cota más baja una auténtica villa romana en donde no faltaban las Termas, el Foro, el Mercado, el Anfiteatro, plazas y calles, casas, bodegas y almacenes. Y sobre todo, un magnífico acueducto que, tomando las aguas del arroyo Pedro, las conducía durante 4 km. para atender las necesidades de Tiermes.
La soledad es grande, extrema la aridez de estos pagos torturados por la canícula estival, pero también fascinantes las piedras que se resisten a pasar al olvido eterno. No antes, al menos, de que el andariego se maraville ante ellas.
Texto y fotografía: Jesús M Escarza Somovilla
