Fotocrónicas (207)
No, no estamos en Marte, aunque la imagen hace volar la imaginación hacia el planeta rojo, pintado de esa tonalidad debido a sus peculiares óxidos de hierro. Ni tampoco en el increíble Monument Valley que sirvió de telón de fondo a tantas películas del wéstern norteamericano. Mucho más cerca, a tiro de piedra de Teruel, la Sierra Barrachina encierra este escenario de fábula, que alucina la imaginación apenas el andariego echa a caminar por estos pagos.
Fruto de la paciente y tenaz erosión de las lluvias, los vientos, los fríos y calores extremos, estas tierras débiles se han ido descarnando y dejando a la vista sus hermosas y cromáticas entrañas. Se trata de un mágico escenario de unos 25 kilómetros cuadrados jalonado de toda suerte de taludes, cárcavas, paredes, vaguadas, cerros y mesetas que exacerba la vista y la emoción.
Todo lo que no ha sido mellado por la erosión muestra un aspecto anodino, de poco mérito. Suelos pobres de vegetación rastrera, carrascas y sabinas ponen un contrapunto discreto al delirio del color. El resto del espacio ofrece un espectáculo grandioso, pletórico de texturas, líneas rectas y curvas, columnas, finos estratos, delicados quiebros y sutiles líneas de color. La Sierra Barrachina es un prodigio, un sortilegio, una suerte de enajenación de los sentidos.
Texto y fotografía: Jesús MªEscarza Somovilla
